EN EL CAPÍTULO ANTERIOR: Nuestro atractivo protagonista pierde el único trabajo que podía darle la estabilidad económica suficiente para poder ahorrar y mudarse a Los Angeles. Luego de una noticia tan alegre y llena de buenos augurios, recibió la noticia que Mario había inventado una máquina teletransportadora y justo se había colado una mosca en el equipo. Ahora era una mosca humana hipster. No sé si exista algo más terrorífico.

Frente a mí, de pie, afuera de mi edificio, está Mari. Tengo en mis manos un vaso. Ella también. Estábamos tomando. Nos miramos a los ojos y siento una emoción gigantesca. Sin poder contenerme, la abrazo. La abrazo con todas mis fuerzas. Es lo más bonito que me había pasado en mucho tiempo.
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EN EL CAPÍTULO ANTERIOR: Nuestro protagonista es contratado para realizar la web de una tienda de ropa de lujo para perros. Lo que no sabía era que es más fácil hacer un cubo rubick con los ojos vendados y cayendo desde un helicóptero, que tratar con la dueña de la tienda. Y también se dio cuenta que no había puesto nada gracioso al comienzo de la columna.

Me siento extraño. Una mezcla entre culpable y un poco fracasado, a pesar de que ninguna de las dos es exactamente lo que me pasa. Me siento culpable porque cada vez estoy más cerca de cumplir esta temporada de cincuenta capítulos, y sin embargo no estoy haciendo nada emocionante y usualmente las series y películas y otras ficciones, cuando están cerca de llegar a su final, se ponen más emocionantes que nunca y el protagonista se enfrenta a grandes dificultades y todo eso. Pero durante esta semana mi mayor dificultad ha sido comprobar si el código está bien compilado o no. Cuando empecé esta segunda parte de la columna, pensé que al terminar estos cincuenta capítulos estaría ya establecido en nueva York, con las cosas más o menos funcionando y tranquilo. Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta que estoy exactamente donde mismo: tratando de flotar en las cosas que me pasan, aguantando lo que se viene. No sé si es normal, si está bien o mal o qué se yo. Supongo que el Dalai Lama que todos tenemos dentro me diría que nada es bueno o malo en sí mismo, pero también me siento un poco culpable porque tengo poco tiempo para escribir esta columna y no ha pasado nada demasiado sorprendente en la vida, así que me dan ganas de inventar conflictos para no sentir que leer esto será tan divertido como contar las grietas del techo. De todos modos, por respeto a ustedes, no le agregaré más sal a la que ya hay en el plato.
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EN EL CAPÍTULO ANTERIOR: Alberto, preocupado por no poder conseguir un trabajo, descubre que su vecino tiene una posibilidad laboral y decide arrojarse a ella como un explorador del Sahara a una máquina expendedora de bebidas. Luego de saciar su sed, y aprovechando que estaba en el desierto, grabó un video junto a La Ley.

Estoy en un café, esperando a la señora Lucía Soto, la tía de Eric. Afuera la nieve y el frío son una sorpresa tan grata como lo fue La Amenaza Fantasma. Miro mi taza y me recuerdo que no tengo que mostrarme desesperado. Tengo que jugarlo bien. Hacerme el cool, el interesante. Hacer como que si digo que no, yo no pierdo nada. Es ella la que está desesperada por un programador. Se abre la puerta del café y una señora vistiendo un traje extravagante, de piel que espero sea sintética, busca con la mirada y cuando me encuentra, pregunta:
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