EN EL CAPÍTULO ANTERIOR: Nuestro siempre vivaz protagonista recibe la noticia que su hermano se casará, mientras prepara su existencia para el año nuevo y la navidad. De paso, Josh ha descubierto cómo clonarse, nos contará más sobre ello en el resumen de la próxima semana.

Cuando me desperté hoy en la mañana, lo primero que pensé fue "¿En qué momento me comprometí a enviar una columna que resumiera navidad y año nuevo, el primero de Enero?". Supongo que fue en un momento donde mi cerebro estaba pensando en una canasta de cachorros pequeños disfrazados de oso panda, porque me pareció excelente idea. Hace unos minutos acabo de abrir los ojos y tengo tantas ganas de escribir la columna como de ver una carrera de caracoles. Quizás menos.
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EN EL CAPÍTULO ANTERIOR: Nuestro protagonista recibe la amena noticia que se quedará cesante a finales de diciembre. Luego, su hermano le cuenta que tiene problemas con sus papeles y, al parecer, tendrá que irse del país. Todo esto con mucho humor, picardía y felicidad. Sí, claro.

Escribir la columna una vez a la semana y un poco de desfase me permite resumir algunos hechos y juntarlos como si pasaran el mismo día o al día siguiente. Es parte de la gracia de poder editar tu propia historia. Es como sacarse selfies y elegir la mejor. Que horrible ejemplo.

Estaba hablando por Skype con Lisa, contándole sobre las últimas noticias que han acontecido en mi vida.

- Bueno, pudo ser peor.
- ¿Cómo?
- En vez de despedirte, pudieron haberte matado.
- No son la mafia, Lisa, son una empresa de software.
- El punto es que ahora tienes que encontrar algo. Pronto.
- ¿Y si no lo encuentro, qué?
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EN EL CAPÍTULO ANTERIOR: Nuestro siempre contrariado protagonista fue a una fiesta, invitado por su amigo barman y terminó encontrándose con Mari. Se vieron, cantaron una canción a dúo y decidieron hacer "Cuando grande seré rubio: el musical". El invitado especial será John Travolta. Cuando era gordo.

Una vez cuando era niño, mis papás nos regalaron a mí y mos dos hermanos una bolsa de chocolates. Esto merece una explicación: mis padres eran muy restrictivos con los dulces cuando éramos chicos. Supongo que pensaban que si comíamos mucho azúcar nos convertiríamos en el Anticristo, por lo que comprenderán que tener una bolsa de chocolates para nosotros era algo tan común como tener un tigre blanco de mascota. Recuerdo que de vuelta del colegio, Mario y yo nos fuimos al living a ver televisión y nos llevamos la bolsa de chocolates con nosotros.


- ¿Por qué escribiste todo el proceso de cuando terminamos?
- Pensé que no lo ibas a leer. Una vez te mostré las columnas, pero nunca más lo comentamos. No sé. Ahora que lo pienso, fue mala idea. Perdona si te ofendí en algo.
- No, no te preocupes. No dijiste nada malo.
- ¿En serio?
- En serio. Tú estabas confundido, al final. Yo estuve confundida un montón de tiempo. Está bien. Así funciona.
- Que bueno escucharte decir eso... ¿Qué estás tomando?

Entonces, como una alineación de los planetas, Mari y yo terminamos sentados en una mesa del salón de exposición, bebiendo una cerveza y conversando sobre nuestras vidas. Ella está saliendo con chico de la Universidad que conoció en una fiesta. Y yo, bueno, ustedes saben en qué va mi vida. Conversamos un buen rato. Durante todo ese tiempo, la miraba y veía que el yo que se había enamorado de Mari era otro yo, un yo del pasado, diferente del que era hoy. Nunca me había pasado verme con tanta distancia utilizando a otra persona como reflejo. Quizás sea porque las personas de quienes nos enamoramos dicen algo de quiénes éramos nosotros mismos en el momento en que nos enamoramos. O quizás es el hecho que Lisa ocupa el 90% de mi espacio cerebral en este momento, así que no me cabe nada más. De todos modos, nos despedimos con un abrazo y camino al metro revisé mis mensajes. Tenía una llamada perdida de mi hermano. Pensé en no llamarlo, pero vi la hora. Había sido hace diez minutos.

- ¿Aló, fono maricón?
- Hola querido hermano mayor, me sorprendió tu llamada. Te llamé de vuelta porque quería saber en qué andabas. ¿Se encuentra todo bien?
- ¿Dónde estás?
- En la calle, camino al metro, camino al departamento, camino a dormir.
- Camino a tomarnos algo.
- Estoy cansado.
- Camino a tomarnos algo. Ahora.

Llegué al club de stand-up de siempre y Mario estaba sentado en una mesa, preocupado, revisando su teléfono, solo. Lo saludé con la mano, pero estaba tan atento al mundo exterior, que pude haber llegado acompañado del Hombre de las nieves y no se habría dado cuenta. Me senté a su lado. Me miró, serio, y dijo:

- Se fue todo a la cresta.

Recuerdo que cuando comenzó esta segunda temporada de la columna, les dije que algún día les contaría (brevemente) cómo logramos quedarnos acá. Bueno, la historia es enredada, pero puedo resumirla en que logramos entrar al país y quedarnos porque el papá de Josh nos contrató en su empresa. Mario y yo entramos como expertos en ciertas tareas específicas para la compañía y, tras mucho papeleo e investigaciones, nos dieron permiso para quedarnos y trabajar. El problema es que Mario abrió su propia empresa de productora de eventos para modelos con Josh, y al parecer hicieron algo mal y ahora querían revocarle la visa y mandarlo de vuelta a Chile. Estaba ordenando todo con un abogado, y tenía pinta que la cosa iba en serio. Me sentí afortunado por tener un trabajo. Pensé en mis compañeros, en David, en Mitch y en la novata. A diferencia de Mario, yo podía quedarme sin problemas por ahora. Pero para él, su viaje a Chile parecía inminente. Conversamos largamente sobre el tema y terminamos un poco borrachos y diciéndonos "ya se va a solucionar", aunque ninguno de los dos sabía muy bien cómo.

El asunto es que, con mi hermano Mario, estábamos viendo televisión cuando niños y disfrutando de esos chocolates que eran un tesoro para nosotros. Uno a uno los devoramos con infinita alegría. La bolsa era gigante y no importaba cuántos sacáramos, sentíamos que no se iban a terminar nunca. En ese tiempo, Mario y yo no nos hablábamos más que para insultarnos, como la mayoría de los hermanos hombres cuando niños, así que compartir una tarde en silencio y cercanía, viendo televisión en paz, era una experiencia nueva. Comimos chocolates toda la tarde. Era perfecto. Felipe tenía clases de gimnasia y volvería más tarde. Nosotros no podíamos parar. Comimos chocolates mirando televisión hasta que, de pronto, nos dimos cuenta que se habían acabado. Nos miramos, nerviosos.

- ¿En serio te encontraste con Mari anoche? ¿Y qué te dijo?
- Que había leído mi diario de vida en internet.
- Habíamos quedado que no me hablarías más sobre ello.
- ¡Pero si tú me preguntaste!
- ¿Por qué me gustas tanto si eres un perdedor?
- Porque eres cruel y tienes un corazón de hielo.
- Gracias.
- Bueno, el asunto es que leyó todo y me agradeció la honestidad. Nos quedamos conversando, después. Fue muy civilizado.
- Me parece adorable.
- A mi tú me pareces adorable.
- Y a mí me parece que esa respuesta fue adorable, pero no te diré lo mismo.
- Mi estimada reina de hielo, he llegado al trabajo. Hablamos después.

Corté la llamada y entré a la oficina. Mitch me saludó con una sonrisa. La novata estaba ordenando unas carpetas en el computador y, cuando llegué a mi escritorio, David se me acercó, nervioso.

- Alberto, el jefe pidió que fueras a su oficina apenas llegaras.

En la empresa hay algo de conocimiento público: cuando el jefe te llama es para algo muy bueno o para algo muy malo. Extrañado, me puse de pie y caminé a su oficina. Toqué la puerta. Me recibió con una sonrisa, me pidió que me sentara y entonces—

- ¿Te echaron?
- Están reduciendo personal.
- ¿Pero cómo te echaron, maricón? ¿Te lo dijeron así nomás?
- No. Adornado. Con flores y payasos. Pero da lo mismo. Van a cerrar el área de servicio técnico de software a servidores.
- ¿No te van a dar un tiempo, antes? ¿No sé, como para que te busques otro trabajo?
- Sí. Tengo que seguir yendo a la oficina hasta fin de mes, luego de eso, se acabó.
- ¿Y qué vas a hacer?
- No sé. ¿Qué vas a hacer tú?

Estaba junto con mi hermano en el bar de siempre, en la misma mesa donde habíamos estado un par de noches atrás. ¿Qué íbamos a hacer ahora? Cuando éramos niños y nos terminamos de comer la bolsa de chocolates, Felipe llegó del colegio y tuvimos que explicarle no solo a él, sino también a mis papás, que nos habíamos comido la bolsa entera de dulces. Teníamos un fuerte dolor de estómago y estábamos arrepentidos, pero ya no había nada que hacer. Fue la primera vez que sentí que estaba con mi hermano en algo. Éramos parte del mismo problema. Claro, ya no se trata de una bolsa de chocolates, sino de algo mucho más grande. Pero al mismo tiempo, creo que si logramos salir de esa sin que nos castigaran nuestros padres, podremos salir de esta sin que nos castigue la oficina de inmigración. Lo lograremos. Sólo hay que armar un buen plan.
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