29 Ene

Cuando grande seré rubio II: capítulo 45

EN EL CAPÍTULO ANTERIOR: Alberto, preocupado por no poder conseguir un trabajo, descubre que su vecino tiene una posibilidad laboral y decide arrojarse a ella como un explorador del Sahara a una máquina expendedora de bebidas. Luego de saciar su sed, y aprovechando que estaba en el desierto, grabó un video junto a La Ley.

Estoy en un café, esperando a la señora Lucía Soto, la tía de Eric. Afuera la nieve y el frío son una sorpresa tan grata como lo fue La Amenaza Fantasma. Miro mi taza y me recuerdo que no tengo que mostrarme desesperado. Tengo que jugarlo bien. Hacerme el cool, el interesante. Hacer como que si digo que no, yo no pierdo nada. Es ella la que está desesperada por un programador. Se abre la puerta del café y una señora vistiendo un traje extravagante, de piel que espero sea sintética, busca con la mirada y cuando me encuentra, pregunta:

- ¿Alberto, no?
- Sí. Mucho gusto.
- Lucía. Encantada. ¿Estás tomando un café? ¿Llevas mucho rato esperando?
- No, cinco minutos.
- Ah. ¿Y por qué no me esperaste para pedir algo?

Oh, Dios. Al parecer me estaba a punto de meter en un proyecto con "ese" tipo de clientes. Cuando hablamos por Skype esa noche, Lisa me preguntó:

- ¿Pero esta mujer te va a pagar bien, entonces?
- Lo suficiente para irme a Los Angeles sin tener que preocuparme de encontrar trabajo de inmediato. Me deja un par de meses para buscar con calma.
- ¿Y te gusta el proyecto?
- No sé que responderte, amor. Es... curioso.
- ¿De qué se trata?

En la reunión, Lucía pidió un té y una muestra de pancitos pequeños. Antes que llegaran me contó que ella era la tía de Eric y que se hablan poco pero lo quiere mucho. Me habló de su vida y no dejó de hacerlo hasta que llegaron los pequeños panes. Una vez que el mesero los dejó, comencé a hablar yo. Le conté de mis estudios, mi experiencia, le dije que si bien no era experto en web sí conocía del tema... y mientras hablaba, mi cerebro no podía evitar notar que Lucía comía los pancitos como si el mundo se fuera a acabar en cinco minutos. No me ofreció y no le pedí. Terminé de hablar y ella me eliminó el último pan. No dejó ni las migas. Entonces, elegantemente se limpió con una servilleta y me contó de su negocio.

- ¿Ropa para perros?
- Sí, mi lindo. Ropa de gala para perros. Y perras. ¿Y tú, tienes un perrito?
- Sí. Se llama Natal—
- ¿Y nunca te han invitado a un matrimonio y no tienes con quién dejarlo? Y te apuesto que si pudieras llevarlo vestido de gala no sólo te dejarían llevarlo, sino que sería el centro de atención, ¿o no?
- No lo sé. No es muy comuni—
- Y es que ese es el modelo de negocios. Tomarle las medidas, hacerle un traje exclusivo y que sus dueños puedan llevarlos sin problemas a las mejores galas. Y lleno de glamour. Y sin pulgas.
- ¿Por qué busca un programador, señora Lucía?
- Señorita. Busco uno porque me estafaron. Y ahora tengo que subir la página antes que se venga la temporada.

¿La temporada de qué? Ni idea. Tampoco pregunté. Lucía me dejó el contacto de Sebastian, el diseñador de aquella página que se supone debía estar arriba a estas alturas, www.myfancydog.com. Ella me terminó de explicar su negocio, me preguntó si yo era capaz de programar el sitio. Le dije que sí, Lucía me dio la mano y dijo que el trabajo era mío, se puso de pie y pidió disculpas pero debía irse rápido para alcanzar su clase de Pilates. Tomó sus cosas como si estuviera huyendo de una hecatombe nuclear, salió del local y se alejó a toda velocidad. Mientras esto ocurría, yo me quedé pensando en qué me había metido. Pensé que es la tía de Eric, así que no podía salir tan mal el asunto. Ahora sólo tenía que ponerme a repasar código web y trabajar sin descanso para terminar luego. Mientras organizaba todo el curso de acción en mi cabeza, llegó el mesero. Tuve que pagar yo la cuenta. Los pancitos no eran baratos.

- Por lo que me dices, esa tipa es lo peor.
- Quizás, pero es una cliente y me va a pagar.
- ¿Qué pasó después?

Llegando al departamento, aproveché de escribirle un correo a Sebastian, preguntándole si tenía algún teléfono para llamarlo y coordinarnos más rápido. Me respondió con su teléfono, así que lo llamé.

- ¿Estás exagerando, verdad?
- No. Todo es verdad: el programador anterior se fue. Desapareció. Éramos socios. Teníamos este pequeño startup de diseño y programación web y ahora, nada.
- ¿Y desapareció por este proyecto? Porque Lucía se ve medio compleja, pero de ahí a desaparecer...
- No. Fue más raro. Se puso a leer teorías de conspiración y se le metió en la cabeza que el mundo se iba a acabar en tres años más y que la próxima guerra mundial era de Estados Unidos contra Europa y que Berlín y Nueva York iban a ser bombardeados con radiación nuclear o algo así.
- ¿Esto es en serio?
- Antes de desaparecer, sacó del banco todos los ahorros de la empresa.
- ¿Entonces ahora tienes que terminar este proyecto de la ropa de perritos para no quedar en la calle y volver a empezar?
- Claro.
- Bueno... un gusto, Sebastián. Parece que los dos estamos en situaciones desesperadas, así que seremos un buen equipo.
- Sólo no me dejes tirado en la mitad del proyecto.
- No te preocupes. Si hay algo que tengo claro es que la próxima guerra mundial empieza el próximo año, en China. Hasta entonces, todo bien.
- No es divertido.
- Perdón. ¿Me puedes mandar lo que hizo tu ex compañero?

Sebastián me envió todo. Era como una pintura de Jackson Pollock hecha código web. Aunque ahora que lo pienso, siempre digo lo mismo. Pero esta vez estoy hablando realmente en serio. Los botones no funcionaban, las barras del navegador estaban mal configuradas, algunas imágenes eran links y otras no hacían nada. Era como una mansión del terror con puertas que llevan a paredes de ladrillos. Mientras revisaba la página me daba la impresión que un psicópata había intentado programar en HTML justo después de tomar un litro de ayahuasca. Y es posible que eso fuera, exactamente, el escenario. En ese sentido, programar se parece mucho a mantener ordenada una bodega de construcción. Si no sabes tienes una metodología para guardar los materiales, perderás más tiempo buscándolos que construyendo algo. El asunto es que me enfrasqué en ordenar todo para que fuera más fácil hacer cambios si Lucía decidía probar algo diferente a lo que había, y además, para poder ordenare yo mismo. Josh llegó en la noche, con un six pack de cervezas y un grupo de amigos modelos de la agencia. Un par de chicas que parecían salidas de un calendario y sus amigos, con uno mentones tan afilados que podrían abrir una lata de conservas con ellos.

- Vamos a estar en la living habitación. ¿Vienes?
- El living o la habitación. Y no, muchas gracias, tengo que trabajar.
- ¿No te molesta el ruido?
- Mientras no rompan platos o vasos, me da igual.

Como siempre que Josh hace carretes destructivos en el departamento, me puse los audífonos y me olvidé del mundo. Me dediqué a programar la página y tratar de avanzar lo más posible. Mientras antes terminara, antes me pagarían y antes podría viajar a ver a Lisa. Hablando de ella...

- Hola. Perdón que te llame de sorpresa por Skype. ¿Estás muy ocupado?
- Estoy ocupado, pero si eres tú, siempre tengo tiempo.
- ¿Aunque estés colgando de un acantilado?
- ¿Tienes que matar toda la magia, siempre?
- Es mi superpoder. ¿En qué estás?
- Larga historia. Me reuní con la tía de Eric. ¿Te cuento cómo me fue?
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