Hoy presentamos: Elisa, entre volver a depender y ser más independiente que nunca
Hoy: vivir solo en el extranjero, y la pérdida

Esta columna semanal es de María Paz Coloma.

Cuando estaba terminando la Universidad decidí que en algún punto de mi vida viviría en el extranjero. Conocí a algunos que probaron suerte trabajando en Nueva Zelanda, supe de unas curiosas becas para estudiar en India y hace poco se había consolidado el proceso de Becas Chile. Este último me parecía la panacea; creía que pocos postulaban y las únicas gestiones necesarias eran una buena postulación y un test de idiomas que ni siquiera tenía que ser de los que piden las universidades. Claro, ellas tendrían que aceptarme después, sería necesario un buen nivel de inglés y todo eso, pero con beca en mano todo iría como avión (claro, esto cambió después: el primer paso para el proceso actual es estar aceptada/o en la Universidad en la que se vaya a estudiar).

Hoy: "Daniela, o la vida te da sorpresas"

Miré al guardia, apreté en mi mano en el tarro y decidí salir a la calle a pegar un tarrazo si fuese necesario. ¿Qué tan útil es un tarro en modo de autodefensa? Se me ocurrió usar la bolsa del súper como una especie de ninchaco con el tarro dando vueltas. Verás, hijo, informarte sobre el fútbol, puede que te salve la vida o, en este caso evitar arriesgarla sin motivo.

Fotografía por Ivo Berg.

Hoy, la columna estará en dos idiomas. :)

 

Jessie, o tu hogar está donde está tu corazón

Jessie es de Canberra, una ciudad que, da la impresión, es "de paso". Quienes llegan trabajarán por algunos años en las instituciones de gobierno o habrán de sacar un grado en la Australian National University (ANU). Los hijos de las familias que crecen allá partirán a otros lados cuando llegue su tiempo de trabajar o estudiar, a pesar de que Jessie describe la ciudad de tal manera que te hace preguntar por qué la gente se va. Pero son pocos son los que se quedan.

Ella partió también, algo más tarde que el resto de sus amigos. Cuando trato de imaginar por qué, pienso que quizás no compartía la necesidad de independencia de sus amigos, pues su madre ("my best friend") siempre le dio una libertad que otros envidiarían. O que no le era fácil partir, siendo hija única de una mujer sola. "No, no", me corrige, "nunca hubo tema con que me fuera de casa". La ANU, me explica, era la única universidad australiana donde podía estudiar Hindi y Estudios Asiáticos. Ahí está la razón.

Y claro, tiene sentido. En el fondo, creo la decisión tuvo que ver con que Jessie ya había encontrado su hogar, y este no estaba en Melbourne, la ciudad que la recibe hoy.

"Home is where your heart is" (tu hogar está donde está tu corazón), me dijo una vez una neozelandesa que nunca halló su espacio en Australia. Hoy está de vuelta en su tierra. Y también Jessie tiene el corazón, si no dividido, tal vez duplicado: mientras la gente que más quiere está es de Canberra, la tierra de sus amores está más lejos, en India.

Extraño como suene, Jessie ha viajado once veces a India, y no siente para nada que ya está bueno ya. Ha vivido allá dos veces, y la descripción que hace de su primer año en Delhi es de una belleza que ojalá pudiera yo transmitir.

Se fue a los 21 años, a un pequeño college que eligió porque nadie allá hablaba Inglés, y su objetivo era aprender un Hindi fluido, al que ya tenía cierto acceso después de sus estudios y tres breves viajes al país. Se reencontró con un lugar hermosamente caótico, con un college "disfuncional pero intrigante", con una diversidad de experiencias que anhela hasta el día de hoy.

La mayoría de los estudiantes, me cuenta, era primera generación de sus familias que asistía a la universidad. Las clases, sin embargo, eran prácticamente inexistentes: los profesores no iban cuando llovía (todos los días durante el monzón), cuando se cortaba la luz (incontables veces), en período de elecciones estudiantiles (alrededor de un mes) y en tiempos de los Commonwealth Games (mes y medio). Por tanto, Jessie tuvo la oportunidad de conversar largas horas con sus compañeros, de estudiar con tutores, y de viajar. Fue así como empezó a practicar flauta clásica en la ciudad sagrada de Varanasi, como pasó un mes estudiando en los Himalayas, como recorrió zonas atravesadas por el conflicto entre tribus y como fue bendecida en los cocoteros sagrados del sur de India.

Jessie, decimos medio en broma, es la persona más "Chilean friendly" de Australia, y es que disfruta a concho sus amistades internacionales. Va más allá de las chilenas, en todo caso; lo que Jessie goza es la diversidad, los nuevos puntos de vista, la gente que ama viajar. Tiene su lado difícil; constantemente está diciendo adiós a quienes parten de vuelta a sus países, a quienes enfrentan una nueva aventura, a historias de amor que la distancia ya no puede sostener.

Creo que esa apertura a lo distinto la sacó de India, o que allá se reencontró con algo muy suyo. Me habla con admiración de la influencia de su madre artista, de los recuerdos de infancia con su amigo paquistaní, de las familias vecinas provenientes de Mozambique y Checoslovaquia. Y quizás India trajo algo de eso de vuelta. Quizás Jessie se sintió más libre, más viva, sabiendo que en cada esquina podía encontrarse con un nuevo desafío, que podía tomar como un riesgo o como una oportunidad.

Habla de los miedos que la acosaron los primeros meses: "¿Qué pasa si colapsa un edificio o me muerde un mono rabioso?" "Esos escenarios eran posibles", dice, "pero me di cuenta que así la cosa no iba a funcionar". Dejó ir temores y expectativas, y aprendió a soltar las ganas de controlarlo todo, en un movimiento que reconoce algo escalofriante, pero tremendamente liberador.

Hoy vive "sola" en Melbourne. Lo escribe así, entre comillas, porque es raro que alguien viva literalmente solo acá. Aún así señala que se siente mucho más sola viviendo en su propio país que en India; cree que tiene que ver con el hecho de que todo es seguro y predecible acá. Dice que a veces se reconoce cayendo en los viejos hábitos, tratando de controlar lo que ha de venir. Admite que a ratos debe hacer un esfuerzo consciente por seguir sin miedos ni direcciones.

Le pregunto cómo le fue finalmente con el Hindi, y le brillan los ojos. Pareciera que, mucho más que un idioma, aprendió una herramienta para abrirse camino a lo más lindo de una cultura ("¡muchas!", dice) que admira. Habla de las conversaciones que sostuvo con familias en los Himalayas que pasan cuatro meses encerradas en sus casas, tejiendo, cocinando y rezando, porque la nieve así lo dicta. Habla de una poética discusión, respetuosamente debatida, entre todos los miembros de una gran familia musulmana, de la excitada forma en que los niños de las barriadas de Bombay relataban los ataques terroristas que la ciudad sufrió en 2008, de cómo aprendió sobre dioses y diosas hablando con miembros de alguna tribu en el mercado local.

Dice que cada persona en India tiene una historia única y muchas veces esta no puede narrarse en Inglés. Pienso que, más que un hogar, Jessie encontró una – su – comunidad. Pero me corrige nuevamente. Me hace ver que probablemente su comunidad está dispersa por el mundo, aunque originada en Canberra. "Lo que encontré", me explica, "fue una nueva manera de ver el mundo. Cuando pienso en India casi creo que – tan vasta, tan diversa, tan intrigante – es todo un universo en sí misma". Y ahí sí que cabe su corazón.

 


Jessie, or your home is where your heart is

Jessie is from Canberra, a city that, it seems, is "to pass by". Those who arrive will work for few years in government institutions or will seek to get a degree from the Australian National University (ANU). The sons and daughters of the families that live there will there will part somewhere else when the time for studying or working comes, even though Jessie describes the city in a way that makes you wonder why people leave. But few will stay.

She parted too, although later than the rest of her friends. When I try to imagine why, I think maybe she didn't share her friends' need for independence, as her mother ("my best friend") always gave her a freedom that others would envy. Or maybe it wasn't easy for her to part, being the only child of a lone parent. "No, no" she corrects me, "there was never an issue with me leaving home". ANU, she explains, was the only Australian university where she could study Hindi and Asian Studies. That's the reason.

It makes sense. Deep down, I think Jessie had already found her home, and it wasn't in Melbourne, the city that welcomes her today.

"Home is where your heart is", once told me a kiwi woman that never found her space in Australia. She is now back in her motherland. And, similarly, Jessie's heart is, if not divided, maybe duplicated: while the people she loves most is from Canberra, the land she loves is further away, in India.

Strange as it sounds, she has visited India eleven times, and does not feel at all that it is enough. She has lived there twice, and the description she gives of her first year in Delhi is of a beauty that I wish I could express.

She left at 21 for a small college she chose because no one there spoke English, and her goal was to speak Hindi fluently, a language she had had already some access to after her studies and three brief visits to the country. She re-found a place beautifully chaotic, a "dysfunctional but intriguing" college, a diversity of experiences she longs for until this day.

Most of the students, she explains, were first generation of their families that went to university. Classes, however, were in practice almost inexistent: teachers did not go when it rained (every day during the monsoon), when the lights were out (countless times), in times of student elections (around a month) and during the Commonwealth Games (month and a half). That way, Jessie had the opportunity to spend long hours of conversation with her classmates, to study by herself with tutors, and to travel. That's how she started practicing classical flute in the Hindu sacred city of Varanasi, how she spent a month studying in the Himalayas and how she received blessings in the sacred coconut groves of South India.

Jessie, we say half-jokingly, is the most "Chilean friendly" person of Australia, and this is because she deeply enjoys her international friendships. They go beyond Chileans, anyway; what Jessie enjoys is diversity, the new points of view, the people that loves travelling. It has its difficult side; she is constantly saying goodbye to those who go back to their countries, to those initiating new adventures, to love stories that distance can no longer sustain.

I think she got that openness to difference from India, or maybe she re-found something that's quite hers. She speaks admirably of the influence of her artistic mother, of the beautiful memories she has of her Pakistani childhood friend, of the families next door that came from Mozambique and Czechoslovakia. And maybe India brought back part of that. Perhaps she felt freer, more alive knowing that in every corner she could find a new challenge, one that she could take as a risk or as an opportunity.

She speaks about the fears that haunted her the first months: "What happens if a building collapses or a rabid monkey bites me?""Those scenarios were possible" she says, "but I got that if I worried too much I couldn't function". She let go fears and expectations, and learnt to give up the desire to control everything, in a move that was a little spine-chilling, but staggeringly liberating.

Today she lives "alone" in Melbourne. She writes it like that, with quotation marks, because someone living by herself is an uncommon thing here. And even so she points out that she feels much more alone living in her own country than in India; she thinks it has to do with everything being so safe and predictable here. She admits sometimes she recognises herself falling back to the old habits, trying to control what´s to come. She recognises that sometimes she has to do a conscious effort to stay fearless and directionless.

I ask her how did she finally do with Hindi, and her eyes shine. Looks like, more than a language, she learnt a means to open a path to the best part of a culture ("many!" she says) she admires. She speaks about the conversations she had with families in the Himalayas that spend four months cooking, knitting and preying because the snow says so. She refers to a poetic argument politely debated between all the members of a large Muslim family, of the excited way in which kids from the slums of Mumbai described the terrorist attacks the city suffered in 2008, of how she learnt about gods and goddesses chatting with members of a tribal group at the local market.

She says every person in India has a unique story and usually it cannot be expressed in English. I think that, more than a home, what Jessie found is a community, her community. But she corrects me again. She lets me know that probably her community is dispersed around the world but originating from Canberra. "Living in India", she explains, "I found new ways of understanding the world. When I think about India – so vast and diverse and intriguing – I almost think of it as an entire universe in itself". And certainly her heart fits in it.

En el capítulo de hoy: Pepo y la conciencia
Hoy: Mauro, o volver (a intentarlo, a casa, a partir)
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