24 Jun

Viviendo solo en el extranjero #6

En el capítulo de hoy: "Meri, la hermandad"

La Meri es de esas personas que tiene buena vibra. Que una vez que toma las decisiones, se lanza. De esas que sabe que si uno le pone güeno, todo va a salir bien. Que entiende cuándo es momento de quedarse hasta tarde acompañando a un amigo, trabajando cuando la pega está dura, o tomándose una piscola porque lo merecemos y qué.

Quizás será por esa confianza en la vida que la Meri hizo el recorrido al revés. Por lo común (aunque quién sabe, a estas alturas, qué es "lo común"), quien se va a vivir sólo al extranjero renuncia a la pega una vez que tomó la decisión y, si tiene la suerte de poder viajar más allá del país de destino, lo hace una vez que llegó al mismo. Pero la Meri andaba buscando claridades que no encontraba en Chile, así que renunció para partir adonde la vida la llevara.

Ayuda, claro, que sus padres también partieran, por trabajo, fuera de Chile, pero la Meri mezcló todo y se fue a viajar para postular entre medio a una universidad en Londres, irse al extranjero con sus padres pensando que volvería a "estar tranquila" en Santiago, decidir a última hora postular a Becas Chile y una vez en Inglaterra obtener la beca, volver entonces a la capital a arreglar todo lo necesario y partir otra vez al hemisferio norte, para, ahora sí, empezar la gran experiencia de vivir sola en el extranjero.

No tan sola. Allá vivió con dos chilenos, a los que se sumó luego la novia de uno de ellos. Armar casa no fue tema; como la Meri se fue poco después de graduarse de la universidad a vivir con amigos, y siempre ha sido esa su opción, el desafío de la convivencia no la pilló desprevenida.

Sí lo fue, en cambio, vivir lejos de la familia. Cuando uno se va a vivir al extranjero piensa que no va a ser difícil. Que incluso va a ser un descanso de los compromisos familiares. Para quienes parten directo desde la casa paterna, es la oportunidad de tener un espacio propio por vez primera; para otros, la ilusión de que no habrá ojos encima y se podrá hacer lo que uno quiera, a la hora que quiera, con quien y como quiera.

Pero se olvida uno a veces que la familia es ancla, que llena espacios y silencios. Se aprende que a veces la conquista de la soledad implica el anhelo del ruido de otros, que el que no haya almuerzo asegurado el Domingo implica aprender a cocinar algo más que el plato salvador, que la vida va a seguir y los primos se van a casar y los cumpleaños van a seguir sucediéndose aunque no haya quien sostenga la torta, si es que la hay. Que los fines de semana sin panorama familiar latero son a veces fines de semana que hay que aprender a llenar.

Y la Meri es clara en la importancia de que los amigos se vuelvan tus hermanos; en hacer familia donde uno esté. En hacer de la ciudad tu ciudad, del departamento estudiantil tu hogar, del cumpleaños de tu housemate un evento imperdible, y estar ahí cual novia apañadora, recibiendo amigos y recogiendo vasos vacíos. Y sosteniendo la torta para el cumpleaños feliz, claro.

En honor a la verdad, no todos viven esa hermandad que la Meri tanto agradece. Recuerdo la tragicómica anécdota de una amiga que vivió en España y dice haber estado al borde de la muerte por asfixia por culpa de una zanahoria, al punto de haberse acercado a una silla para, cito, "autohacerme la maniobra de Heimlich". Tras ese episodio, decidió intercambiar direcciones y teléfonos de emergencia con una chica que también vivía sola en Madrid, y el compromiso de llamarse si alguna no aparecía un día en clases. "En el fondo", vuelvo a citar, "estábamos preocupadas de morirnos en una ciudad ajena y nadie se enterara hasta que nuestras humanidades hedieran". Cuando vivimos solos en el extranjero, muchos tenemos ese temor un poco absurdo. Y todos debemos pasar por ese trance incómodo de tener que poner un número local de emergencia cuando uno se registra en cualquiera de los sistemas en que hay que registrarse, y no tener qué carajo escribir (¿El chileno que conocí en el avión? ¿Cuál será el teléfono de esa compañera de clase buena onda?).

Vivir solo en el extranjero es una experiencia maravillosa, dice la Meri, pero no es maravillosa apenas uno llega. En ese desafío está el aprendizaje. Porque vivir solo en el extranjero no es vivir solo realmente, pero sí es aprender a armarse un grupo nuclear donde no la hay. Y si ese aprendizaje es compartido con hermanos y hermanas de la familia más multicultural que podría uno imaginarse, mucho mejor.
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