08 Jul

Viviendo solo en el extranjero #7

Hoy: Roberto, y partir para que el bichito te deje de joder
La experiencia de Tito da para varias columnas, así que no se extrañe nadie si vuelve a aparecer en esta sección. Cómo no: cruzó la cordillera con 22 años y 200 dólares en el bolsillo, pensando que si no resultaba la cosa al menos estaría cerca de su tierra natal y sería fácil volver. De eso hace once años, y Roberto sigue viviendo la experiencia. Ha vivido en pensiones, en casas de novias, en departamentos de otras personas, en fin. Hoy arrienda un lugar a una cuadra del hotel barato donde alojó el día en que se enamoró de Buenos Aires, corriendo el año 2003.

Creo que ni él sabe si alguna vez va a volver a Chile. También creo que lo hará. Y que el Roberto que se instale de vuelta va a ser tan, pero tan distinto al Tito que partió.

Roberto le da vueltas a las preguntas que le hago, y es fascinante leer el resultado. Se vuelca en cada respuesta, buscando resumir en pocas páginas la experiencia que le ha cambiado la vida. No es difícil imaginarlo gesticulando cada frase, para expresar con más ganas lo que quiere decir. Él mismo lo pone en términos casi físicos cuando explica el origen de su decisión: "Como un zancudo que rompe las pelotas en la noche y no te deja dormir. Así son a veces las ideas y las sensaciones. Das vueltas en la cama tirando manotazos a todos lados con la esperanza de que se vayan. A veces uno logra dominar esas cosas, en otras se queda ahí y se repite todas las noches".

Tito partió con la excusa de estudiar fuera. Y lo hizo. Pero entendió que ese no era más que el impulso que necesitaba para emprender el viaje. Quizás la frase comodín que servía para explicar su partida: quería aprender, sí, pero aprender a vivir.

Vivir, como lo hace hoy, experiencias en las que reconocerse de una forma nueva.

Creo que varios nos movemos en un mundo lleno de certezas – o la ilusión de ellas – que son nuestra tranquilidad y en ocasiones también nuestro mal. No nos lanzamos si no estamos ciertos de que nos va a ir bien. Nos cuesta compartir la vida con otro que no nos garantiza una convivencia exitosa. Pagamos seguros. Y está bien. Pero cuánto bien nos hace, también, dejar ir el miedo, y sabernos capaces, y frágiles, y luchadores.

Cuántos quisiéramos, como Tito, lanzarnos para acallar el bichito que te jode, sabiendo a qué hay que aferrarse y cuándo hay que soltar. "Al final", explica, "si uno saca las cuentas es todo positivo, siempre y cuando uno pueda en efecto vivir la experiencia. Vivirla como corresponde". Y con eso se refiere a intentar entender con cierta profundidad la vida cultural y social del país que te acoge. Lo dice así, correcto, y remata menos sutil, refiriéndose a quienes se han ido de Chile y, al volver, "parecía que el tiempo no hubiera pasado. Eran unos pelotudos antes de irse y volvieron siendo los mismos pelotudos, o peores".

El tema le da cuerda, y se pone crítico. De qué sirve, pregunta, hacer el esfuerzo para que al final la experiencia signifique lo mismo que un fin de semana en la playa. Qué sentido tiene volver para hacer comparaciones absurdas, como dueño de un conocimiento que le queda vedado a otros. Qué valor tiene vivir la experiencia sólo para poder contarla, "igual que grabar conciertos con un celular o sacarse fotos cuando están comiendo y publicarlas en algún lado. Un desperdicio".

Se apasiona Tito con la experiencia de vivir en el extranjero, y con la importancia de vivirla en serio. Dice que hacerlo intentando vivir la vida social y cultural del país de residencia es fundamental para tratar de entender el lugar que uno tiene en el mundo. Sin llegar a certezas necesariamente (¿alguien las tiene?), pero "al menos viviendo el presente que se eligió de forma más madura. Y aprender algo". No sabe qué, pero algo. "Alguna ficha interna, un sentimiento incómodo, no sé", algo más grande que lo que se ha de cultivar en la maestría o en el trabajo que se venga a hacer. "Esto se trata de vida y tiempo. O tiempo de vida, como prefieras", me dice. Y sin entrar "en una apología pedorra de la felicidad sin plata porque, en primer lugar, sería mentira y segundo, esto no se trata de eso", dice y le creo, que la plata va y viene y al final eso no es tan importante, que lo que le interesa es defender la posibilidad de reinvención interior que se da al vivir en el extranjero si uno es capaz de aprender a abrir los ojos. Y que eso toma tiempo.

Dice Roberto que para vivir bien la experiencia hay que irse al extranjero por un tiempo largo, de no menos de cuatro años. Para mis adentros señalo que eso deja afuera al 95% de la gente que conozco que se ha ido a vivir al extranjero, que es un poco ilusorio pensar en esos tiempos. Que quienes, por elección o circunstancia, partimos por menos tiempo aún tenemos algo que decir. Que por Dios que es harto tiempo el que propone. Que ya es una decisión mayor. Que qué susto.

Y claro, porque tomar una decisión así implica valentía, sí, pero sobre todo liberarse de los propios esquemas, y confiar en lo que venga y en la capacidad propia de avanzar, de volvernos más libres y más reales. Me pregunto si estaremos todos preparados para eso.

Roberto diría que sí.
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