05 Ago

Viviendo solo en el extranjero #8

Hoy presentamos: Elisa, entre volver a depender y ser más independiente que nunca

Desde que se planteó la idea, la Elisa no cuestionó que estudiaría en el extranjero. Mientras otras sabían que seguirían el camino tradicional, ese que conlleva matrimonio e hijos a cierta edad, ella fue siempre (para sí misma y para su gente querida) la que estudiaría afuera. No dudó, tampoco, que obtendría la beca que le permitiría hacer del proyecto una realidad.

La Elisa es matea. Algunos se ríen de sus rasgos ligeramente obsesivos. Es incapaz, por ejemplo, de viajar sin reservar con anticipación cada hostal en el que alojará. La Elisa sabe qué pasos hay que cumplir para llegar a una meta y recorre el camino trazado. Se saca buenas notas y se compromete a fondo en trabajos que le gustan y en los que la valoran. Le agrada saberse autosuficiente y tomar las decisiones correctas, y si no son las más correctas, al menos fueron sus decisiones.

De ahí la sorpresa cuando no encontró su nombre en el listado de seleccionados, y más aún cuando descubrió el error – propio, insalvable – que la hizo quedar fuera de bases. Un papel no subido. Una oportunidad tirada a la basura. La perspectiva de quedarse en Chile sin un plan, en un momento de la vida en que lo que más quería era estar en otro lugar. En cualquiera, pero no en su tierra natal.

La búsqueda de créditos imposibles. Y la sorpresa mayúscula cuando un pariente cercano le ofreció un préstamo que jamás pensó existiría en las arcas familiares ("yo creo que me estoy gastando la herencia de toda la familia", me dice, entre risueña y culposa).

Admite que desde su bien ganada independencia lo que más le ha costado del proceso es aceptar ese préstamo. Que desde que se fue a vivir sola – la primera de su grupo de conocidos, a pocos meses de graduarse de la universidad – asumió la idea de valerse siempre por sí misma. Que cuida cada peso gastado y piensa constantemente cómo y cuándo podrá pagar la cifra que se le presenta estratosférica.

Comentamos que es quizás ese uno de los aprendizajes más importantes de esta experiencia, el de saber que no siempre podemos solos y aprender a aceptar la ayuda, combinando esa vivencia con la de salir adelante airosa en un país al que llegó sin conocer a nadie.

No es que se haya liberado de la carga que siente sobre sus hombros, pero se sorprende de la paradoja: siendo más dependiente que nunca ("imagínate, ¡tengo una mesada!"), se siente, al mismo tiempo, más libre y más capaz. Valora profundamente haber aprendido a manejarse sola en la ciudad, tener amigos diversos y disfrutar cada oportunidad que Melbourne le ofrece, desde los carretes en el parque al desarrollo de un pensamiento crítico que se desafía y potencia en conversaciones con compañeros.

Siente que cambia; que las ideas no quedan en la cabeza y pasan a ser experiencia. Que se encarnan en una cotidianeidad que sus amigos chilenos no creerían. Hoy vegetariana, aboga por un planeta más consciente. Sabedora del impacto de una sociedad consumista, hoy compra lo mínimo necesario. Y si está de cumpleaños, prefiere compartir un almuerzo a recibir regalos que antes le encantaban.

Sabe, eso sí, que va a ser un desafío constante y quiere ser clara en eso. Sabe que si necesita una sencilla polera negra va a probarse cuanta cosa le guste en la tienda, y que no es difícil que con mayor capacidad adquisitiva se olviden los escrúpulos. Lo deja claro porque quiere ser consciente de ello. "No quiero", me dice, "que esto haya sido un paréntesis, llegar a Chile y volver a comer carne, perderme en un mall o juntarme cada fin de semana con un mismo grupo de amigos". Creo que es el temor que tenemos todos los que habremos de volver.

Cuando le pregunto qué le recomendaría a alguien que estuviera ad portas de vivir la experiencia, no duda (junto con Natalia, la amiga colombiana que se suma a la conversa) en destacar la diversidad y lo importante que es disfrutar las amistades latinoamericanas (¡cómo no!), pero ir más allá, moverse de la zona de comodidad y ampliar el espacio relacional.

Le pido que ahonde en la respuesta, pues es un consejo que he escuchado antes y aún así tendemos harto a movernos en nuestra parcela. Al fin y al cabo, las bromas en inglés no son tan espontáneas como quisiéramos y los códigos sociales se nos escapan. Y aunque duda al principio, señala que ella ha aprendido a tomar la iniciativa. Me dice que cree que hay una conexión "entre sures", que quienes vienen de países del sudeste asiático comparten ciertos códigos y cierto humor con quienes venimos del sudoeste americano. Pero que hay que saber promover la amistad, y llamar para organizar un almuerzo y preguntar por ese ensayo difícil e insistir en lo bueno que sería juntarse para un café.

Concuerdo plenamente, y recojo el guante. Esa misma noche retomo contacto con una pareja de amigos indios y quedo de juntarme con una chica de Indonesia que está pronta a volver a su país. Acordamos tomarnos un café en unos días. Después de la puesta de sol eso sí; es musulmana y hay que cumplir el Ramadán.

Comentarios

Rayen09-08-2016 17:05
Hola, María Paz.
Encuentro que escribes muy bien. Me encanta leer estas historias.
Es muy bonito para quienes, aunque no estemos en el extranjero, estamos apostando por nuestras decisiones..
Un abrazo.
0Responder
Paz05-10-2016 13:02
:)

Gracias!

Y sí, creo que son experiencias extrapolables a todas esas experiencias que hablan de lanzarse, no?
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