Me llamo Tatiana (Tati), soy periodista y por ahora vivo en Boston. Hace tres años que soy una motivada por los temas de salud y nutrición. Entre lecturas varias, asesorías, datos y encuentros con otros interesados igual que yo, creo que tengo bastante material para compartir y quiero hacerlo con ustedes, en una serie de columnas acerca de vivir sano.

Si crees que comes sano porque entre tus alimentos no está la sal, azúcar, ni grasas, pero sí el pan integral, margarina, jamón de pavo, endulzantes, arroz, yogurt y coca light, creo que tenemos mucho de qué hablar...

Hace un par años atrás la leche de vaca me empezó a caer mal. Esto fue mucho antes de ser vegana: todo esto ocurrió cuando el estrés laboral (el nerviosismo, las pocas horas de sueño y la gran demanda de mis jefes) de la mano de un café, dejaban mi frágil estómago para la historia. 

Entonces de a poco fui investigando otras opciones de lácteos, que no vinieran de la amiga vaca. Como nunca he sido muy fan de la leche de soya (hasta que me recomendaron la leche Silk, que es maravillosa) tenía que encontrar una versión que me gustara e idealmente que pudiese fabricar en casa.

Aquí les cuento como me fue.

Muchas veces se piensa que comer saludable es fome y desabrido. Que por falta de frituras, azúcar y refinados, la alimentación es una verdadera lata. Sin embargo, creo que puede ser todo lo contrario: una experiencia de nuevos sabores y creatividad.

Ya lo sé. Puede que muchos de ustedes lo sepan, pero nunca está demás recordarlo: controlar y conocer las porciones de lo que comemos nos ayuda a evitar tener que botar comida innecesariamente porque cocinamos de más.

Ayer en la tarde fui de compras al supermercado y después de una larga jornada de trabajo tenía demasiada hambre, porque olvidé llevarme una colación, entonces, no pude evitar pasar por un restaurante thai que estaba en el camino.

Hasta aquí, ya van dos errores...

Cada vez que salgo y paso algunas horas sin comer, me arrepiento de no haber llevado una colación. Primero, porque me cuesta encontrar algo saludable en cualquier lugar y segundo, porque cuando por fin voy a almorzar o cenar, tengo tanta hambre que como desesperadamente, sin la conciencia y tranquilidad necesaria que requiere el acto de comer.

Por eso hoy quiero hablarles de dos cosas: la importancia de comer lento y algunas ideas de colaciones saludables.

Aunque muchas veces intento masticar bien y conectarme con lo que estoy comiendo, reconozco que es habitual que coma relativamente rápido. A veces más me dedico a hablar o a pensar, en vez de concentrarme en lo que como, pese a que estoy segura que el ser consciente en el acto de alimentarse hace una diferencia enorme.

En todos los textos que he revisado sobre alimentación, hablan de la importancia de masticar y salivar cada bocado que nos comemos. Esto es fundamental, pues en nuestra boca hay una serie de enzimas que comienzan a desarrollar el proceso digestivo. Si no masticamos bien, cuando el alimento llega al estómago a nuestro cuerpo le cuesta mucho más digerir el alimento. Y lo mismo ocurre con los líquidos. Es importante mantenerlos dentro de la boca unos segundos antes de tragarlos. Creo que por eso escuché una vez lo siguiente: Mastica cada bocado hasta que quede líquido y cada líquido mastícalo como un bocado.

El comer lento y mantener durante casi diez segundos la comida en la boca antes de tragar, no sólo nos ayuda en el proceso digestivo, sino que también nos satisface antes y nos permite conectarnos más con lo que comemos: sus texturas, cambios de sabores, olores, etc. Como ven, hay buenas razones para disfrutar lentamente una buena comida..

Y para no pasar hambre, como tantas veces me ha sucedido (y terminar tragando como desesperada cuando por fin estoy frente a un plato de comida), les recomiendo disponer y elaborar sus propias colaciones saludables. Por supuesto, cualquier fruta siempre será bienvenida, pero a continuación les presento otras ideas.


En pequeñas bolsas ziploc, puedo llevar cada día algo de lo siguiente:
Palitos de zanahoria pelada y apio.
Rábanos.
Pistachos sin sal, almendras, pasas, castañas de cajú o nueces (cualquiera de estos o la mezcla de varios, es siempre mi snack favorito).
Coco en trozos.
Cochayuyo crocante (es más rico de lo que piensas: ponlo en el horno en trozos pequeños y espera unos segundos hasta que suene como que revienta)
Frutas deshidratadas que no contengan azúcar ni preservantes.

Otras ideas, pero que ya es necesario llevar en envases son:
Mezcla de miel con polen de abejas.
Mezcla de miel con sésamo.

Así que ya saben. No vale la pena estar con hambre y terminar comiendo papas fritas. Es mejor prepararnos para cuando salgamos de casa y disfrutar de algo sano y con tiempo. ¿Se animan?

Trabajar en el hogar es una bendición. Y lo digo sin exagerar, porque luego de estar un par de años en una oficina, me di cuenta que es la mejor opción para mí. Hay unos que le gusta transportarse a su lugar de trabajo y tener un jefe, yo amo no tener que ir a ningún lado y ser mi propia jefaza.

Me gusta disponer de mi tiempo y tomarme dos horas para el almuerzo; así puedo cocinar y comer con tranquilidad, y hacer que mi vuelta a la segunda patita del día sea menos traumática. Me gusta poder hacer trámites cuando quiera, me gusta dormir siesta si tengo sueñito.

Creo que el único inconveniente que le he encontrado últimamente a trabajar desde mi departamento es el no moverme mucho. ¿Cómo es eso de no moverme?

La alimentación es un gran tema dentro de nuestra rutina. Aunque no lo queramos, nuestra manera de comer afecta directamente nuestro ánimo, energía y (por supuesto) la salud, tal como me pasó a mí apenas me fui de la casa de mami. Y eso es porque la desorganización, la falta de infraestructura (como refrigerador), la falta de tiempo y (no puedo hacerme la lesa en esto), la flojera, hicieron que engordara un par de kilos, que aún hoy, un año y medio después, me penan de manera importante.

Los refinados... me gustan pero me asustan

Durante muchos años comí, al menos una vez al día, algo de esto: pizza, tallarines, arroz blanco, marrauqueta tostada, queque, helado, mmm... unas galletitas.

Nos estaban pidiendo esta receta hace un tiempo, así que aquí está: empanadas caseras. Tiquitiquití.

Para las tardes heladas y con diente largo, nada mejor que hacer tus propias empanadas y sorprender a tu familia con tus dotes culinarios. ¿Suena difícil y latoso? Nah, tranquilo. Si nosotros podemos hacerlo, cualquiera puede. En serio. Entrenaría a un mono para que lo hiciera, pero creo que es ilegal.

Bueh, a lo nuestro. Para lograr tus maravillosas empanadas necesitarás:


- 2 y 1/2 tazas de harina.


- 3 cucharadas de aceite.


- Una pizca de sal (que son como dos cucharaditas pequeñas, aproximadamente... lo que cabe entre dos dedos).


- 1/2 taza de agua tibia (es al ojo, pues depende de tu masa, pero eso lo veremos en la receta misma).


- 250 gramos de carne (aunque nosotros usamos unos 150 gramos de carne de soja).


- 1/2 cebolla.


- condimentos varios (si quieren pueden agregar aceitunas o pasas. nosotros no tenemos y odio las empanadas con pasas... estoy seguro que no soy el único).

Con estos ingredientes, alcanza para diez empanadas pequeñas. Si quieres hacer más, usa más.

Procedimiento

1) Pon las dos tazas y medias de harina en un recipiente.

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2) Agrega las 3 cucharadas de aceite.

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3) Agrega la pizca de sal. No es muy complejo hasta ahora, ¿verdad?

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4) Agrega ahora el agua tibia. La medida de ésta, como decíamos antes, es al ojo. Agrega agua, mezcla bien y si falta un poco, vuelve a agregar. La masa debe quedar suave, pero no pegote. Si queda pegote (por error de cálculo) usa más harina.

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5) Amasa hasta que quede una mezcla uniforme.

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6) Procede a cortar la cebolla. En la foto, la corté con el cuchillo... pero luego de llorar como una nena en camisón, la metí en la picadora. Querido lector, si usted tiene tiempo, puede sumergir su cebolla en agua hirviendo por unos siete minutos para suavizarla. Yo no lo hice y mis ojos sufrieron. Avance bajo su propio riesgo.

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7) En un sartén a fuego medio, prepara un sofrito para la cebolla. Puedes sofreír un poco de aceite con aliños. Nosotros fuimos más flojos y usamos un sofrito que viene hecho y lo venden en supermercados. Es opcional.

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8) Mezcla tu sofrito con la cebolla en el sartén. Condimenta.

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9) A continuación, agrega la carne (en nuestro caso, de soja). Déjala en el fuego y revuelve constantemente. No debe quedar cruda (porque, bueno, te enfermarás...), pero cuida de no dejarla demasiado seca, porque luego vas a meter esto en una empanadas y eso irá al horno. Si queda seca desde ahora, cuando tu empanada esté lista, será como comer arena. Ojo con eso. Las empanadas de aserrín no son la última moda.

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10) Mientras se prepara la carne, usa un uslero y prepara la masa.

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11) Con ayuda de un plato y un cuchillo, corta círculos de masa.

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12) Finalmente, pon la carne con condimentos en los circulos de masa y ciérralos con cuidado. No es nada del otro mundo. De verdad que es simple, en las fotos se ve el proceso claramente:

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13) Ahora sólo ponlas en el horno hasta que estén doradas. Aproximadamente unos veinte minutos a fuego medio... ¡Y ya están listas!

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PROTIP 1: Si les sobra carne, pueden usarla para una deliciosa salsa de tomates, y si les sobra masa, pueden meterla al horno y les quedará una galleta. Fome y sin sabor, pero galleta al fin y al cabo. Quizás la pueden usar para untarla en salsas, por ejemplo.

PROTIP 2: Echa a volar tu imaginación. Las empanadas no pueden sólo ir rellenas con pino. Son como fajitas. ¡Pon lo que quieras dentro y prueba diferentes combinaciones y sabores!

Te lo dijimos, no es nada de complicado. En un rato tienes listas tus empanadas para dejar a tus familiares sorprendidos con ese chef profesional que es capaz de preparar empanadas viviendo solo. Nada de mal para quedar como Rey/Reina con la suegra, ¿eh?

¿Se animan a hacerlas? ¡Cuéntennos cómo les va!

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